La paz como entrecejo

Y qué si dicen de mí que morí con esa cabezona gratitud de limón dulce

que envidia la conmovedora dignidad de los fotografiados decimonónicos

y detesta las pavesas pirómanas de los montes incendiados en agosto,

el malísimo gusto de la taxidermia,

qué última frase escribir si te dijeran que ya solo queda lapicero para tu epitafio.

Y qué si den de mí que morí con la inefable esperanza intacta

en toda esa minúscula humanidad que no se creyó la prefabricada turbidez del último telediario

y solo está dispuesta a colaborar en la publicidad de todas las utopías.

Y qué si dicen de mí que morí aborreciendo a esos soldados sonrientes

que se fotografían besando las tiernas cabecitas de los hijos de esos padres sobre los que acaban

de vaciar las obesas recámaras de sus Kalashnikovs,

mientras brindo por un mañana de cascos azules denigrables, olvidables, inexistentes.

Y qué si dicen de mí que morí confiando en la insurrección de los olvidados,

el tiovivo de los santos civiles malditos,

la bendita resurrección del afecto desinteresado, del presente eterno, del lince ibérico.

Y qué si dicen de mí que transito la idiocia del iluso corajudo

que piensa que tras las tormentas de indecencia saldrá el sol de la integridad.

Y qué si dicen de mí que morí colgado de una mano del alféizar de la confianza

en un futuro desconectado de toda esa nanotecnología que no es más que sofisticadísima rama

donde los pájaros del hambre se juntan con el alpiste de la inanición

y todos los puntos cardinales se apellidan soledad.

Y qué si dicen de mí que morí denunciando la subterránea violencia de los anuncios de coches

de alta gama,

la estupidísima expresión alta gama en general,

esos reality-shows donde a la violencia maleducada han quedado en llamarla sinceridad,

la elefantiásica porción de cielo conquistado por los allanadores del bienestar.

Y qué si dicen de mí que morí denunciando la oprobiosa educación de los niños occidentales,

esa omnímoda agitación atarantada que les hará vivir eternamente en la insatisfacción

profesional,

ese regalo condenatorio de cualquiera que jamás sabrá coserse un botón,

jugar concienzudamente a la rayuela,

pintar un cuadro urgente mientras recita la alineación completa de todos los buenos sentimientos.

Y qué si dicen de mí que morí celebrando esa especie de felicidad ecuménica

producto de solo embarcarse en sentir lo correcto,

y desdecir la glorificación de la indecencia adulta que hace dos generaciones que consiguió que

ya ningún niño quiera ser payaso, escultor o guardabosques.

Y qué si dicen de mí que morí anclado a aquella canción de Battiato que dice todo el universo

obedece al amor,

por no hablar del imbatible optimismo de la voluntad del azotado,

que es lo único verdaderamente antónimo a la corrupción y al enchufe

de todos esos revolucionarios que todavía ignoran que serán los esclavos del poder absolutista de

mañana.

Y qué si dicen de mí que morí sabiendo que no hay mayor gesta que cada pincelada de óleo

sobre un lienzo sonriente,

que el trazo urgente del lápiz sobre un jirón de papel pentagramado,

que la incontrovertible certeza del iluso que aún cree en que el poder de un cuarteto de

Shostakovich es infinitamente superior al de los ministrables con PVP que en todos los

hemiciclos del mundo son.

Y qué si dicen de mí que morí con la paz como entrecejo,

esa entelequia posible de quien sabe que la ciencia es solo fraude para pedestres,

ese oasis de todo aquel que solo acude a ceremonias sin algarada, sin vanidad y sin cauríes,

esas ceremonias solo oficiables en un alma orientada al interior.

Y qué si dicen de mí que morí con la esperanza intacta.

Y qué si dicen de mí

cuando yo ya esté bien muerto.

 

Jack Babiloni

 

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