ELLA NO ESTÁ

Ella siempre desaparece en las fotografías:
especialista en eso, su mejor cualidad…
un don que obtuvo de algún antepasado druida.
Yo, en cambio, solo hago malabares con naranjas,
distingo las esencias de un perfume sin apenas olerlo,
recito de memoria -en las reuniones aburridasversos
de Neruda o de Pizarnik
y cuento historias, con vehemencia de juglar,
como si acabara de inventarme las palabras.
Me enseña una foto en la que coincidimos aquí,
por ejemplo, delante de un árbol;
y cuando vuelvo a mirar ya solo quedamos
el árbol y yo: ella no está.
Entonces se me apaga por dentro algún escaparate
que antes tenía luces encendidas
y pienso que todo fue un espejismo, una ilusión;
pero algo profundo me contradice al instante
porque empieza a doler, o me sigue doliendo,
como si un lapilli con filos de alambre
deambulara por un capilar en mi interior.
Luego, se me olvidan de repente
los poemas de Neruda y de Pizarnik;
mis historias juglarescas aburren al apuntador;
si intento impresionar a otras con los malabares
se me caen al suelo las naranjas
y he arrojado mi cámara obsoleta
de fotografiar cosas románticas
-por lo que pido perdón
a un contenedor orgánico.
Toda la documentación de aquel romance
no le sirve al juez de los idilios,
que me condena a costas por no poder demostrar,
con imágenes o testimonios ajenos
que coincidimos aquí, un pasado en común
-la gente olvida fácilmente la felicidad de los otros
y es muy renuente a declarar a tu favory
eso que, cuando aquel desconocido nos hizo la fotografía,
con mi cámara obsoleta
delante del árbol,
aunque ahora no aparezcan señales de ella,
-se lo he jurado a su señoríaestábamos
los dos.

Esteban Torres Sagra