I saw the best minds of my generation destroyed
by madness, starving hysterical naked, dragging
themselves through the negro streets at dawn
looking for a angry fix.
ALLEN GINSBERG
Rapados de la ciudad son los que pasan con la cabeza abajo. La
cabeza debajo de los orificios. La cabeza debajo de la noche. La
cabeza apuntando la salida de un país que nadie reconoce.
Rapados estos que también, Ginsberg salieron absueltos ante los
sueños que no le pertenecían. Rasgando sus nombres en
pasaportes clandestinos, en vestimentas ajenas, en vender lo que
no tienen, en intentar la fuga, arremeter contra todas las
contiendas, ellos eran también de mi generación, aunque nadie se
daba cuenta. Querían mostrar que en el poema el país estaba en
remojo. El cielo que habían visto no funcionaba para sus cabezas,
para sus dolores de muela, para sus ámpulas recién cortadas para
engarzar la melladura, la corriente que pasa, el druida que aún está
intentando hacer una chimenea para sacar el resto. Lo
contemporáneo es también sagrado como un matinal discurso para
que todos vayan al mismo lugar y se persignen. Todo como para
asumir que el asombro es también parte. Que las edificaciones nos
muestran que también son parte. Que los noticieros que exhiben
son también parte. No hay tachadura que el Señor K disponga en lo
alto. Salieron en la noche, coincidimos aquí por muchas razones,
pero nadie juzgó la rutina de no ser estos muchachos que dicen
travestirse, que dicen fumar de todo, que hay también una
tempestad en todas las direcciones, que las vidrieras del mundo
también son fetiches de una extraña realidad, ajeno a todo. Salieron
en la noche, en la bruma de estas moradas, en los leprosorios
clandestinos estos que dicen ser de mi generación mientras yo
cargo con palabras, con soledades, con ripios de la mala vida, con
historias que ya no alucinan, que están perdidas, como las cabezas
perdidas, como los vendavales que ya no son necesarios en la
ciudad. Aquellos que eran de mi generación, ya no visten como
antes, ya no van a los lugares públicos para escuchar alguna
estridente música, ellos solo pagaron sus deudas, sus gratitudes
sus espacios donde amarse es también parte del asunto, todo
como en un teatro lleno hasta el último piso. La novedad ha sido los
que siguen en esas bocacalles, en las esquinas que hay por allí,
entre la oscuridad cabalgante y la inmensa luna donde están las
cabezas también más lúcidas, más sensatas, diciendo que todo
está correcto, que nada hay de por qué preocuparse. Yo vi las
mejores mentes de mi generación, querido Ginsberg, y después no
he visto nada más de este juego que sea tan comprometedor como
lo que he visto.
Luis Manuel Pérez Boitel