Despertadores. Los relojes comienzan a sonar, implacables, gritones, en mil variantes de sonidos y melodías recordando a cada cual los afanes de un día que comienza. Amanece. En nidos de cemento y hormigón sobre esqueletos de acero se van iluminando, a la nueva mañana, hogares y vidas tan dispares. Llueve. Sobre los vidrios de los ventanales chorrean las gotas de lluvia que como lágrimas resbalan dejando húmedos y largos surcos. La calle.
Desciendo a artificiales hormigueros
donde grises y gigantes gusanos metálicos
transportan, preñados, un ejército
de seres apresurados a su destino.
Almas tratando de mantener a sus cuerpos vivos.
Deambulo.
Dejo que mis pasos me lleven
a cualquier lugar, el destino no importa.
No quiero ni pretendo buscar, ni ser encontrado.
Sé que me aproximo al final del camino.
El encuentro
Y en un interior y recóndito rincón
de esta inmensa, desoladora vorágine
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que ningún GPS lograría situar, coincidimos.
Donde las fronteras no se pueden delimitar.
Donde no se puede distinguir el sueño de la realidad,
la vida de la muerte, el amor del dolor,
la mentira de la verdad, el gentío de la soledad.
Si, allí mismo coincidimos sin fijar lugar y hora.
Pérdida.
Y cuando creo por fin tenerte
en medio de esta locura, de este sin sentido,
te sueltas de mi mano y te vuelvo a perder.
Vorágine.
Y regreso al inicio, memorizo el lugar,
he de volver mañana y siempre.
Porque aquí coincidimos.
El caos.
De nuevo dentro de este esférico laberinto.
Redundantes, repetitivos, más de lo mismo,
los despertadores, los amaneceres,
la lluvia, la calle, el caminar errático,
el encuentro, la pérdida, el caos.
Seguiré buscándote en mis sueños,
en mis fantasías y mis deseos.
¡Por si coincidimos!
José Manuel Ávila Múñoz