EL FARO

Muchas veces me imagino viviendo en un faro.
Un faro en una isla del fin del mundo,
o a la vuelta de la esquina.
Qué más da.
Es redondo, estrecho y alto,
tocando sin rasgarlo el cielo
con su bella cúpula de cristal.
En él, cocino para un regimiento de famélicos comensales:
nuestros hijos, que vuelven de la escuela
llenando con sus voces la cocina, y soltando por cualquier lado
sus mochilas y cuadernos.
Y yo siempre,
removiendo el puchero sin prisa,
canturreando la misma canción que suena en la radio
y cuyo título… no consigo recordar.
No importa, lo que importa es cantar.
¡Ay, el horno! ¡Que se me quema el asado!
Y al ir a rescatarlo, justo al borde del desastre, me quemo las manos.
Pero vienes al instante, con tu maletín de auxilio
y me vendas los dedos con delicadeza,
después de ponerme un ungüento milagroso
con tus propias manos de mago.
Después me dices:
Descansa que ya sigo yo.
Tumbada en el sofá leo un libro, sin centrarme en la historia,
resistiendo el picazón árido de la quemadura y sonriendo,
porque pese a mi torpeza, me quieres igual.
Pero de pronto, no te oigo en la cocina,
ni huelo ya el asado,
ni apareces cargado de vasos, platos y cubiertos a preparar la mesa.
Tampoco oigo a los niños metidos en su cuarto,
pelearse por esto o por aquello,
ni siquiera anticipo la llegada del barco de mediodía,
el que descarga los pasajeros que vienen a la isla de excursión.
Me pregunto dónde estáis todos,
me esfuerzo por recordar y cuando al fin lo consigo,
reniego de mi buena memoria.
No hay excursionistas con sombrillas,
no hay niños porque nunca han existido
y tampoco estás tú. 2
Te marchaste, hace ya tanto tiempo, que lo único que dejaste atrás
fueron tus vendas que ya no sirven para nada
y la mercromina que manchó el sofá.
¿Por qué no me regalaste, al menos, un libro con instrucciones para continuar?
Por eso me imagino viviendo en este faro
redondo, estrecho y alto,
para que cuando anochezca al fin,
yo pueda encender la luz que guíe a los marineros perdidos hacia mí.
Quizá tú seas uno de ellos.
Quizá entonces, coincidiremos aquí.

Pepa Navarro Ribera