QUIMERA

Sé que existes, que estás ahí.
No me preguntéis el fundamento
de esta certeza.
Sólo lo sé.
Sin embargo
-obediente mercenario que se debe a su señor-,
buscas tu complacencia en presentar
las mil caretas
que aturden mi entendimiento.
Te ocultas en la maldad
como implacable arpía,
y te deleitas en tus disfraces mundanos.
Pero yo sé tus secretos,
y poseo las llaves que descifran
tus crípticos ropajes.
No me engañan
los pabellones de oncología de los hospitales,
ni las aves de acero del fanatismo
que derrumban
los altos edificios de la vanidad.
No me desorienta tu disfraz de dolor
ni tu antifaz de muerte,
porque conozco
todas tus carátulas tenebrosas.
Sé que existes, que estás ahí.
No se equivoca mi alma de argonauta,
que sabe percibir tu luz entre las brumas,
que coincide contigo, sin desmayo,
aquí, en la encrucijada donde habita el anhelo,
que atisba los destellos, las pistas
que me dejas al borde del camino.
Y, aunque te afanes en presentarme

el rostro fétido
de tu infecto lodazal,
hay momentos,
-sublimes instantes cuajados de sentido-,
en que mi nave viajera
arriba a tus orillas,
y descubro tu juego,
las secretas claves de tu impostura.
Me basta, entonces, el hilo de azúcar
de un helado de fresa
circundando la sonrisa
de un niño ensimismado;
el enamorado beso de la reconciliación;
el hombre que camina
buscando la virtud
y aspira a la excelencia
en todas sus acciones.
Por eso sé que existes,
País de Jauja,
por eso sé que estás ahí,
que estás aquí, en donde coincidimos,
al lado justo en el que anida dulce
la alondra de mi afán,
y algún día serás colonizado.
Lo sé.
Lo siento.
Porque te sueño…eres.

Juan de Molina Guerra

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