QUÉ CIEGOS CAMINAMOS

QUÉ CIEGOS CAMINAMOS
No es la fuerza del hombre la que colma
de luz el aire ni de espuma el río,
la que encanece todas las escarchas
dejando en el paisaje
azogues que no son sino lamentos.
Fue la luna, la estrella
(las mismas que zambullen sus mercurios
en la espalda del agua y se estremecen
como espejos sin rostro),
o el fragor de los vientos, o la sed
de la arena que anhela ser oasis
las que dictan los pasos de las horas
y juegan a su antojo con los hombres.
Qué ciegos caminamos
cuando intentamos enjaular la brisa,
ponerle diques a los plenamares 65
o empaquetar el sol como quesitos
para vender a plazos o en porciones.
Qué necios los humanos, solo somos
minúsculos actores del reparto
de una tragicomedia, olvidamos
que somos una parte, una mínima parte
de este planeta en el que coincidimos
todos y todos somos bienhallados.
Fueron las fuerzas
de los hijos dormidos de la tierra,
el ímpetu del beso de la naturaleza,
que destrenzaron
en los labios del hombre
la oración primigenia, sus dioses más antiguos,
fue entonces, cuando el hombre
saludaba al crepúsculo,
adoraba la flor o el plenilunio…
Entonces, cuando el hombre
creía en el misterio y tenía,
quizá más corazón
y menos miedos.

Manuel Laespada Vizcaíno