LOS ENCUENTROS

Apareció una pluma sobre el viejo pupitre,
siendo solo un infante, dormitando en la escuela.
Como brújula vino: desconcierto, naufragio,
la rosa de los vientos endulzando mi cara.
Un café, Amalio. Corto.
Oh, encaje de mis letras, inicio de mi vida.
A veces lentas, torpes. A ratos, deslumbrantes.
Copiando a los maestros, las luces del idioma,
adivinando estrofas. La comprensión de un signo.
Esa cerveza, ¿cuándo viene?
Versos inaugurales: el penar y el deseo,
fluían, en desorden, los mil ríos caudales.
De ensueños imposibles. Cuando el futuro sube.
Ah, mis limitaciones, penuria que no cede.
Cóbrame, que hay prisa.
Soy una sombra débil, que a la memoria pide
el preservar mi obra. Que al lector hoy se entrega
rogando simpatía. Tú, amigo, tú, hermano,
dedica unos minutos a esta pobre página.
¿Está la mesa libre?
Para qué el nacimiento, por qué sentir el día
como excelsa apertura que algo limpio añade,
si en los diarios rotos donde escribo el poema
ya tiembla la ceniza de desdén y de olvido.
Espera, Amalio.
Suena como guitarra, es un flamenco puro:
así llama el destino. Mis estudios sajados
por el final del padre. Los tebeos, las joyas.
¿Qué no habría yo dado por escribir tan sólo?
¿Me siento aquí?
La barra cual pupitre, la charla cual maestra,
Tolstoi, los fanzines, el Aljibe borbota.
La Atalaya que mide de mi vida el sentido.
Escribir para darle un golpe a necia muerte.
¿Por qué aquí coincidimos?
Y que resten mis huesos en la tierra que quise,
que algún amigo beba a la salud de mi alma.
Que estos papeles míos, que la vida me dieron,
son vuestros ya, de todos, hermanos de mi sangre.
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Gloria Fernández Sánchez