Y pensar.
Y pensar que ya no estás,
que ya no tengo las caricias
ni tus “Buenos días, mi niña”.
Que ya no soy yo
a la que llamas después del colegio,
que hay otra a la que enseñas
tus pasiones juegos,
con la que compartes todas tus locuras.
Aquella a la que me dijiste
que ya no mirabas más.
Y ahora está ella,
donde yo ocupaba su lugar.
Pero no pasa nada,
porque volvió a pasar…
Volví a escribir “Buenos días, mi chico”
a alguien que sí me sabe valorar.
Volví a sentir ese nervio cuando me escribe.
Volví a correr a abrazarle cuando lo veo llegar.
A sentir que me quieren,
que me quieren de verdad.
Y todo en aquel bar.
África Fernández Conejero