«Hay tantas voces…»
con sus perfumes sustraídos al sueño o pesadillas,
con sus ripios sonoros, sus aliteraciones,
alteradas por el desborde irracional
de respirar más que el deseo
en su continuidad de imposibles.
Tantas voces a llenar
en un cuerpo difuminado
en la niebla de realidad incongruente
y, por momentos anodina,
con sus fugas y bemoles que se atragantan
al paladar del diletante alquimista.
Demasiadas voces que se reparten
este archipiélago de carne, sangre y huesos
en un mapa de insuficiencias
retóricas y existenciales.
Hay tantas voces en mi habitación
que en loop descosen y desconectan
la rabia del sentido hasta ahogarse
de silencios programados entre estallidos.
Voces tantas con sus ladridos, con sus aullidos.
Reflejan en otro espejo lo que olvidé en el mío.
Reflejan carencia y anonimato.
Reflejan mar en una gota de tinta en desarrollo.
Voces hay a millones que gritan
su destemplada inmadurez de enredadera
en el brote parcial de una idea
que dejo madurar bajo el sol
enfrascado en preguntas a desandar,
sean cruciales o pasajeras.
Hay tantas voces que zarpan,
inician el camino del héroe y naufragan.
Voces que no quisiera ver pisoteadas
entre estas paredes de adobe, arpillera y caña,
y a estas horas, deshoras
que menos me importan o seducen.
Voces como las de dios bajo mi lengua.
Filomena Zaragozá Ballester