Un martes cualquiera en el Alejandro

La parálisis del análisis me envuelve y atenaza,
me roba el aliento, me deja desalentada.
El día está nublado, sin promesa de lluvia.
Decido salir, me visto con lo justo,
el mínimo decoro, ese disfraz robusto.


Entro al Alejandro, un martes sin rostro.
El día, gris, ya no es más que un eco roto.
Por los ventanales, desfilan colegiales,
sus risas ajenas, despreocupadas,
dibujan en el aire la inocencia olvidada.


A mi derecha, una pareja susurra,
y en su silencio, imagino la ruptura.
Tal vez su amor perdió el brillo de antes,
o quizá, sólo juegan al desgaste constante
que el romántico ideal una vez les prometió.


En la barra, tres figuras se hallan solemnes,
entre tragos profundos y discursos enormes.
Quieren dignificar su sed sin fondo,
mientras el alcohol les acalla todo el arrojo.


Fuera, en un banco, un hombre se quiebra.
Soledad y salud, en su sombra protestan.
La vida, a veces, es un lazo oscuro
cuando el alma se ahoga en un mar tan duro.


El silbido del tren me arrastra de nuevo,
bajo mis ojos, al instante certero.
Veo entrar a jóvenes riendo, plenos,
llevan en las manos el tiempo entero.
Hablan de teatro, de sueños y arte,
y en sus voces siento la vida vibrante.


De vuelta a las nubes, mis ojos descansan,
y noto a la mujer que sale cansada.

Aún queda en sus piernas, en sus tobillos,
la diosa secreta, oculta entre brillos.
Sus pantys, sus “stilettos”, apenas un velo,
que no logra ocultar su lucha en el cielo.


Y mientras tanto, Alejandro está ahí,
mirando sin ver, o tal vez, viéndome a mí.
Tal vez en su calma se encuentra la mía,
tal vez su mirada también me examina.
Un martes cualquiera en el Alejandro,
donde el tiempo se escapa y me voy desgranando.

Ana María Conejero Quiles