No, aquí no vendemos silencio.
Nunca lo hicimos.
Encontrarás voces que susurran
silbando, ávidas de tormenta,
en las baldas de aquella estantería.
Éstas, nacidas de dolor de madres,
sudor de parto y café con leche
en la terraza del bar de al lado,
son frívolas y triviales.
Nuevas, esta temporada.
Las de ahí parlotean como ninfas huecas,
vacías, de oferta.
Giran bajo una aguja y atrancan
las puertas del poeta en París.
No, aquí no hay silencio.
Nunca lo hubo.
Esas, a tu derecha, imitan a otras:
claman con autoridad y puño en alto,
orgullosas de haber nacido
de tal o cual ilustre garganta.
Están hechas de niebla, amargura,
oscuridad y miseria.
De Santo Óleo.
¡Mucho cuidado con ellas!
Maldicen. Apresan. Ahogan. Matan.
Son cobardes que disparan al centro.
Ejecutan y dan tierra en la cuneta.
¡Asesinas de ojos cerrados!
A día de hoy, todavía rezan cada noche.
Por eso aquí no hay silencio.
No tenemos, lo siento.
Fue acallado a tiros en una tapia
de rumores amenazantes,
de los que suelen ser mortales.
Aullidos de carne seca
y bulimia bajo fosas sin nombre.
Las hay que hibernan,
calientes en sus hipotálamos.
Manipulan la realidad y estigmatizan.
Quien les da oídos cae sumido
en el sueño del perro muerto
que sueña mi mal sueño.
¡Tenemos una oferta de charlatanes
que acertaron con la alquimia perfecta!
¡Tenemos nuestro propio coach!
Pero silencio no nos queda.
¡No! ¡No y mil veces no!
¡Aquí no hay silencio!
Hay gritos que inundan la plaza.
Gritos que subastan y amenazan.
Gritos de sangre y oro.
¿Me oyes? ¡Gritos de gloria!
Pero no busques silencio aquí.
¡No nos queda ni una gota!
Y allá, al fondo, oirás una que avanza
arrastrando sus pasos incorpóreos.
Es la mía. ¿La escuchas?
Presta atención: apenas se percibe.
¡Hasta yo, regularmente, la emito
para no olvidar que existe!
Solo espero que, al oírme,
no te asustes demasiado.
David Conejero Amorós