MI VOZ

Mi voz es una más de esas que andan por el mundo, mundo que a veces no conozco,
pero cuando obliga lo oigo y su chirrido escandaloso me fractura y digo no quiero oír,
menos ver… no soporto tanta estridencia. Y me encierro en una burbuja de colores,
atractivos y de sustancias que deforman el capricho malparido, y por un instante me
entrego al placer, efímero por cierto y nada importa tanto, ya soy esclava de la
reincidencia y si muero a nadie duele, solo a mí y a ella, “la breve”, importa mi muerte, ella
siempre llegará a la hora que quiera, antes o después… ¿Qué importa…?


La tristeza que emana de ese mundo no nace en él, sino en el desencanto de conocer su
fantasía y su insignificante aventura de sueños fugaces que sólo dejan un olor en la
memoria a café recién colado una mañana cualquiera y a los cuentos de Caperucita, de
Aladino y su lámpara maravillosa, junto a los cantos de los bollos de mi cazuela, y del
alfeñique estirado por las huesudas manos de mi abuela.


Veo a una madre que llora y me pregunto: ¿Será la mía?, porque ni siquiera la recuerdo.
A lo lejos veo una figura lánguida que escapa del colmillo de un lobo hambriento en luna
llena y la succiona y ella desmembrada se levanta con el vientre abultado de amargura,
amargura que le amarga el camino, amargura que va soltando a sus pasos…


Y otras voces se me unen y las oigo y me entiendo y me entienden y después me odio y
digo soy un ventrílocuo, soy una caricatura que salió de la noche oscura de aquella luna,
a recorrer el mundo, a buscar un ejército de criminales para derrocar la verdad e incitar a
la vergüenza y a la cobardía, sometidas y que no se atreven a caminar con el brillo del
sol.


Muchos alaridos, muchas sombras ocultas se orillan, escapan y reagrupan, tratando de
enfrentar sus demonios. Se cuentan, son transparentes y a lo lejos muestran sus
entrañas, brillan y van sembrando luciérnagas en el sendero. Cada semilla brota sin
tiempo…


Y yo, en mi apego me escondo en el dolor, en el llanto, en la risa espasmódica y en la
alucinación, me gusta ese sonido, somete a todo mi cuerpo y lo llena de placer, no me
importa más nada, qué carajo la vida y los otros, bailo en un solo frenesí al compás del
violinista del diablo.


Un día, un sonido suave se trepó por una de mis trenzas que aún conservaba vida y el
himno al árbol de mi infancia me saludó, no recordaba su letra, simples y sencillas letras y
me vi, cantando, vestida con un guardapolvo blanco, inocente y pura, sí, era yo. Mi voz
nítida, ojos luminosos, vivos, me miraron hondo… no me encontró.


Porque mi voz cambió como cambiaron las voces de esos compañeros del cole que
cantaban conmigo y ahora me pregunto ¿Qué pasó?, ¿qué no vi?, ¿qué hice?, ¿qué no
hice?, ¿por qué mi voz tan dulce se apagó…? Los demonios tuvieron su festín, una cobija
amable arropó al miedo, durmió por décadas y marcó su territorio y se expandió a mis
generaciones y ahora sólo pregunto: ¿Tengo algún remedio para eso? Mi abuela siempre
lo tenía, cada vez que el dolor me acuciaba ella lo untaba en mis piernas, me untaba
kerosene con otra cosa, y yo decía: ¿Qué remedio tan raro, abuela…¡ ¿De dónde lo
sacaste…? Ahora quiero sanar mi tristeza y soledad. ¡Por favor, dame un remedio para
eso…!


Y mi voz sigue perdida, aislada de este mundo y en su mundo, solitaria de ella misma.
¿Será que aún tengo salvación? Y un susurro amanece: “Nunca es tarde, el remedio es
luminoso, está dentro de ti, y no huele a kerosene, la abuela de repente apareció”. Sus
carcajadas claras, esa noche, provocaron mis sueños, no suelo dormir…


Extrañada, al día siguiente desperté con una algarabía, cohetes, tumbarranchos, risas y
me asaltó la duda y pregunté: ¿Dónde estoy…? ¡Tranquila, no te afanes, me dijo alguien,
esto es apenas una insignificante aventura humanizada de la vida en este mundo,
disfruta…!


Pero el llanto de la noche regresó, se colgó en mi yugular y lo besé, abrazada a mí
misma, trajo el silencio, quien me vistió con un vestido escandaloso, a la medida perfecta
de mi cuerpo, su cara encajaba en la mía y sus dedos ajustados a los míos y así, vestida
por completo de la noche más oscura, caminaba y reía como alguien más, era ella… mi
voz.

María Eugenia Mejías de Catoni