A ratos,
me unto la tostada
y el cuchillo se detiene a mitad de trayecto,
y miro a la pared
y el tiempo se congela
y me hago una pregunta
que no encuentra respuesta.
A ratos,
me siento en el sofá
y miro la pantalla
y es una negra tundra
de cristal y silencio,
como una larga noche
que nunca concluye.
A ratos,
me levanto de mi sillón de angustia,
de mi diván de anhelos,
cansado de observar el cielo raso,
la inmensa planicie de mi soledad.
A ratos,
deambulo por rincones
que, otrora, fueron vida
y vuelvo sobre mis pasos
y la certeza silente de lo que ya no será
me obliga a dar la vuelta
y a comenzar de nuevo,
sonámbulo que busca quién sabe qué.
A ratos,
me acerco al dormitorio
y me detengo en el vano de la puerta,
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y en el rebujo informe de la cama vacía
certifico mi derrota,
anclado en el tiempo
como estatua de sal y de abandono,
y trago saliva sin dejar de preguntarme
(una y otra vez me pregunto,
pues hay tantas voces, ay, en mi vigilia),
como noria que no ceja,
pertinaz en su giro,
y, al cabo, me acerco
y estiro las sábanas
y tiro de la colcha
y golpeo la almohada
y abro la ventana a la luz de noviembre
y luego salgo, lento,
al pasillo siniestro de los pasos perdidos.
A ratos, ay, sólo a ratos.
Juan Molina Guerra